El sábado pasado fuimos a Liverpool por mi playera blanca de la selección.
Al salir del centro comercial, justo un semáforo adelante, estaba un papá con su hija en brazos y un letrero de cartón en la mano. El letrero empezaba con un "Somos migrantes" y terminaba con un "No nos dejes morir".
Me llamó la atención que, aun cuando el semáforo estaba en rojo, el papá no aprovechaba para pedir ayuda. Estaba más ocupado: platicaba con su hija con una gran sonrisa, con mucha energía, como cuando sabes que eres "el mundo" de tus hijos y que tus palabras tienen la fuerza para cambiar su realidad.
Revisé mi cartera, traía un billete de 50, miré el semáforo, bajé la ventana y le hablé.
Se dejó venir con la misma sonrisa, con su hija en brazos. Le di el billete y pensé que me daría las gracias y volvería a la banqueta.
Pero de la nada, con el semáforo aún en rojo y con un acento cantadito, me empezó a contar —con un orgullo que solo los que somos papás conocemos— que le habían aceptado a su hija en el kinder.
Me lo decía a mí, pero diciéndoselo a ella: ese tipo de conversaciones que los papás tenemos con otros adultos sobre nuestros hijos, frente a ellos, para que escuchen y se sientan importantes.
La niña me miraba con cierto orgullo; era de ella de quien estábamos hablando. Se veía que su papá lo era todo para ella, que con él se sentía protegida.
Pero él también me lo decía para sí mismo. Contarme que habían aceptado a su hija en la escuela le inflaba el pecho. Tal vez esa pequeña gran victoria era una luz en el camino. Así como a México le bastó un 1 a 0 contra Corea para salir a abandonarse a las calles, él tenía la suya: la señal de que lo mejor estaba por venir.
Es difícil hablar de otras personas sin conocer su historia o su contexto completo, pero tener que salir de tu país con tu hija en brazos a buscar una mejor suerte es señal de las muchas cosas que están mal en este mundo.
El semáforo se puso en verde y seguí mi camino, con la playera blanca de la selección y la certeza de que ese día él tuvo su 1 a 0.